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RS Online Cercanía y Entretenimiento
La forma en que una organización utiliza y cuida la información personal dice mucho más de ella que cualquier declaración de buenas intenciones.
Cada vez que una persona se asocia a una cooperativa, solicita un crédito, realiza una compra, utiliza una aplicación o completa un formulario, comparte información que permite conocer algo de su vida: quién es, dónde vive, cómo se comunica, cuáles son sus necesidades y, en determinadas circunstancias, cuál es su situación económica.
En muchos casos, entregar esos datos se ha convertido en un acto cotidiano. Lo hacemos para acceder a un servicio, agilizar un trámite o recibir una respuesta. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar qué sucede con esa información después de compartirla, quién puede acceder a ella, con qué finalidad se utiliza y durante cuánto tiempo se conserva.
Y es precisamente allí donde comienza una cuestión que va más allá de la tecnología: la confianza.
Cuando una persona facilita sus datos a una organización, no está entregando solamente información. También espera que sea utilizada de manera responsable, que no se divulgue sin justificación y que existan cuidados razonables para evitar que llegue a manos equivocadas. Esa expectativa forma parte de la relación que construimos con las instituciones, las empresas y las organizaciones de las que somos clientes, usuarios o socios.
Por eso, proteger los datos personales no debería entenderse únicamente como una tarea del área de Tecnología o como una obligación que se resuelve incorporando sistemas de seguridad. Aunque las herramientas tecnológicas son importantes, la responsabilidad comienza mucho antes: en las decisiones sobre qué información se solicita, por qué se necesita, quién tiene acceso a ella y cómo se utiliza en las actividades cotidianas.
Pensemos, por ejemplo, en una organización que solicita más datos de los necesarios para prestar un servicio, comparte archivos sin verificar quiénes pueden consultarlos o conserva información que ya no necesita. Ninguna de estas situaciones requiere necesariamente un ataque informático para generar un problema. A veces, el riesgo aparece en prácticas habituales que se repiten sin cuestionamientos, porque siempre se hicieron de esa manera o porque se consideran parte normal del trabajo.
También puede ocurrir que una institución invierta en tecnología y, al mismo tiempo, mantenga hábitos poco cuidadosos entre sus colaboradores. Un documento enviado al destinatario equivocado, una contraseña compartida, una conversación que expone información personal o un archivo accesible para personas que no necesitan consultarlo pueden comprometer la privacidad y afectar la confianza construida durante años.
Esto nos recuerda que la seguridad de la información no depende exclusivamente de los sistemas. También está vinculada con las personas, los procesos, los criterios de actuación y la cultura de cada organización.
En Paraguay, esta reflexión adquiere una relevancia particular con la Ley N.º 7593/2025 de Protección de Datos Personales. La normativa establece un marco integral para el tratamiento de datos personales y contempla obligaciones relacionadas con la responsabilidad de quienes los tratan, las medidas de seguridad y los derechos de sus titulares. Su entrada en vigor está prevista para noviembre de 2027, de acuerdo con el plazo establecido en la propia ley.
Este período ofrece a las organizaciones una oportunidad para revisar sus prácticas, identificar brechas y prepararse con tiempo. Pero sería un error abordar el tema únicamente desde la perspectiva del cumplimiento normativo. La pregunta no debería ser solo qué tendremos que hacer para adecuarnos a la ley, sino también qué clase de relación queremos construir con las personas que nos confían su información.
En el sector cooperativo, esta cuestión tiene un significado especial. La relación con el socio se construye sobre la cercanía, la participación y la confianza. Conocer sus necesidades permite ofrecer mejores servicios y acompañar sus proyectos; sin embargo, ese conocimiento también implica una responsabilidad sobre la información que se obtiene y utiliza.
La transformación digital amplía las posibilidades de atención, agiliza procesos y facilita el acceso a servicios. Al mismo tiempo, aumenta la cantidad de información que circula y las decisiones que pueden tomarse a partir de ella. El desafío consiste en aprovechar esas posibilidades sin perder de vista que detrás de cada registro hay una persona, con derechos y expectativas legítimas sobre el uso de sus datos.
Por eso, una buena gestión de la información comienza con preguntas sencillas, pero importantes: ¿necesitamos realmente todos los datos que estamos solicitando? ¿Las personas comprenden para qué se utilizarán? ¿Limitamos el acceso a quienes necesitan esa información para cumplir sus funciones? ¿Nuestros colaboradores saben cómo actuar ante una situación que pueda comprometerla? ¿Tenemos claridad sobre qué hacer si ocurre un incidente?
Responder estas preguntas no resuelve por sí solo todos los desafíos, pero ayuda a dejar de considerar la protección de datos como un asunto exclusivamente técnico y a incorporarla en las decisiones de gestión.
También exige comprender que la confianza puede tardar años en construirse y verse afectada por un solo hecho. Una filtración, un uso inadecuado o una explicación poco transparente pueden generar dudas que no se solucionan únicamente con una actualización tecnológica o un comunicado institucional. La respuesta requiere responsabilidad, claridad y acciones coherentes con los compromisos asumidos.
Y mientras las organizaciones revisan cómo proteger la información que reciben, surge otra pregunta que merece nuestra atención: ¿qué ocurre cuando esos datos comienzan a utilizarse para anticipar nuestros intereses, recomendarnos opciones o influir en nuestras decisiones?
La inteligencia artificial y los sistemas automatizados están ampliando esas posibilidades. Comprender cómo funcionan, qué información utilizan y qué responsabilidad tienen quienes los implementan será parte de una conversación cada vez más necesaria.
Porque proteger los datos también implica reflexionar sobre lo que se puede hacer con ellos y cómo ese uso puede afectar nuestras decisiones. No significa dejar de utilizar la información ni renunciar a las oportunidades que ofrece la tecnología. Significa comprender que su valor debe ir acompañado de un uso responsable, proporcional y respetuoso de las personas.
Porque una organización no demuestra que es confiable solamente por los servicios que ofrece o por la tecnología que incorpora. También lo demuestra en la manera en que cuida aquello que otros ponen en sus manos.
La confianza no se construye únicamente con lo que una organización promete. También se construye con lo que hace, cada día, para proteger a quienes confían en ella.
Ing. Com. Rossana Lamas
Especialista en Gestión de Riesgos, Cumplimiento y Sector Cooperativo en Paraguay
#MiradaDeRiesgo

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